lunes, 5 de octubre de 2015

Buenas tardes.

Hoy por la mañana una situación que he experimentado me ha hecho reflexionar.

Al ser comienzo de semana, cuesta más volver a la rutina después de los típicos descansos de manta y películas de los domingos. Como tantas otras personas que estudian, van al trabajo y demás actividades matutinas, he madrugado y junto al sueño acumulado he notado el recibimiento del otoño con el frío húmedo y el cielo gris. Me he dirigido totalmente seria hasta la parada de metro que me corresponde y una vez allí, me he adentrado en un torbellino de gente que iba y venía de todas direcciones, cada una por su lado, con prisa, sin mirarse y ni siquiera rozarse. 

Cada una de las personas que he mencionado andaba rumiando sus problemas y preocupaciones sin darse cuenta del hombre que sonreía en un rincón mientras colocaba sus bolsos para vender.
Cada una de esas personas tenía sellada la boca, taponados los oídos y cubiertos los ojos. No fueron capaces de escuchar a una señora que tocaba con su violín la banda sonora de La vida es bella.
Cada hombre y cada mujer de los que estaban en el vagón junto a mí yacían pálidos, distantes y vacíos. No han sido capaces de ver, una vez en la salida, como un hombre mayor; seguramente ya jubilado, con el rostro surcado por cicatrices de vida y arrugas de experiencia; se molestaba en acercarse a cada uno de nosotros, a cada una de las almas vacías, a cada una de las mentes ignorantes de las cosas hermosas, para desearnos un feliz y próspero día.

No se si fue aquella mujer de delicadas manos que nos regaló la música para nuestros oídos, no sé si fue el hombre que nos alegraba la vista con coloridos bolsos hechos a mano, no sé si fue quizá el hombre que repartía sonrisas a la salida del subterráneo; pero tampoco importa mucho la causa. Lo que de verdad sé es que tras darme cuenta de cosas que cualquier otro día habría ignorado, sonreí. 

Mi sonrisa causó tal epidemia que empecé a contagiar a todo el que me rodeaba y por primera vez en mucho tiempo, aunque no conocía a ninguno de los que vi esta mañana, me sentí llena de vitalidad.

Sonriamos ahora, mañana y todos los días.


GCL